Llegamos a la ciudad sin escenario ni reflectores: solo un puñado de creyentes, una lista de direcciones y la convicción de que ningún lugar está más allá de la bendición. Lo que ocurrió en los días siguientes es difícil de capturar en un informe, así que toma estas sencillas notas desde el campo.
Oramos sobre los hospitales al amanecer y sobre los mercados al mediodía. Tocamos puertas esperando desconfianza y nos recibieron, una y otra vez, con lágrimas y hogares abiertos. Un comerciante que no dormía desde hacía semanas nos pidió orar por su negocio en quiebra; una semana después escribió para contarnos que las puertas habían vuelto a abrir. Una joven madre nos dijo que estaba a punto de rendirse, y que nuestra visita fue la razón por la que decidió quedarse.
Bendecir una ciudad no es arreglarla en una tarde. Es recorrer sus calles como si cada persona importara, porque importa. Es dejar más bondad de la que encontramos. Poco a poco, cuadra por cuadra, la dureza cede ante la esperanza.
Nada de esto ocurre sin quienes nos envían. Tu generosidad es el motor silencioso detrás de cada caminata de oración y de cada puerta abierta. Cuando das, nos ayudas a seguir presentándonos, y una ciudad aprende, un encuentro a la vez, que es amada.
